CADA UNO TIENE UNA SUBIDA PENOSA Y DOLOROSA

San Marcos 2, 2 - 10

 

Bienvenidos a nuestra cita semanal para celebrar juntos el día del Señor. Hoy, Segundo Domingo de Cuaresma del Ciclo B, la Iglesia pone ante nuestros ojos la grandiosa escena del Tabor, que fue uno de los momentos más importantes de la vida de Jesús. Él había invitado a sus amigos más cercanos para que lo acompañaran a subir a una alta montaña.

 

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Él iba allí para orar, para encontrarse, en el misterio de la oración y en el silencio de la montaña,  con su padre Dios. Le gustaba pasar horas de la madrugada o del atardecer en coloquio íntimo con Él, que le daba fuerzas, que le daba compañía.

Aquel día tres apóstoles subieron con Jesús a la montaña: Pedro, Santiago y Juan. Ellos se quedaron cerca del sitio en donde Jesús hacía su oración. Conversaban un poco entre ellos, y se adormillaban otro poco. Pero, en un momento dado se dieron cuenta, con gran sorpresa, de lo que estaba ocurriendo.

transfiguration-fra-angelico14422a.jpgSu amigo y maestro Jesús había tomado una apariencia jamás vista hasta ahora: sus vestidos estaban resplandecientes y de un color blanco, blanquísimo. Algo ciertamente extraordinario estaba ocurriendo. Pero, ¿Qué era eso? ¿Qué pasaba?

En ese mismo momento, atónitos, ven cómo junto a Jesús aparecen dos personajes del antiguo Testamento: Moisés y Elías, que fueron grandes líderes y profetas. Los tres sostenían una amena y reconfortante conversación. Hablaban de que  dentro de poco a Jesús le esperaba un gran sufrimiento que culminaría en su propia muerte en la ciudad de Jerusalén.

Pedro, no cabía de la sorpresa y él, siempre con su temperamento impulsivo, exclama lleno de emoción y loco de alegría: - Señor, -¡Qué bien se está aquí! ¡Pongamos tres tiendas de campaña una para Jesús, otra para Elías y otra para Moisés, y nos quedamos todos aquí!… Y fue en este momento que se escuchó una voz potentísima que decía: -¡Este es mi Hijo queridísimo! ¡Escúchenle!… Estaban todos absortos y desconcertados. Pero minutos después, todo pasó y volvió a la normalidad. Vieron a Jesús, y era el mismo, el de siempre, quien les menciona que ahora tiene que ir a Jerusalén para padecer y morir…

Los discípulos no lograban comprender qué es lo que estaba sucediendo. Y algo semejante, ¿no nos ocurre también a nosotros ante este hecho tan bello y tan grande?. De hecho, lo que ellos vieron fue la gloria de Jesús. Gloria que desata los anhelos legítimos de todo ser humano. Gloria que constituye nuestra esperanza: ¡así, así! Queremos vernos revestidos de ese esplendor y esa inmortalidad de que Jesucristo hace gala en el Tabor.

Aquel día comprendimos que hay una tarea que no se puede eludir. Nos dimos cuenta de que sin hacerla, no llegaremos nunca a la meta deseada en lo más hondo de nuestro ser. Hay que subir a Jerusalén y morir. Nos dimos cuenta de que cada uno tiene su Jerusalén. Cada uno tiene un lugar y una hora en donde tiene que morir crucificado. Cada uno tiene una subida dolorosa y final. Y ¿qué hacer? Hay muchas veces que deberemos cerrar los ojos para poder subir allí a donde Dios me pide, a pesar de que yo no veo el por qué.

Es necesario que pasemos por estas circunstancias para llegar a la gloria de nuestra transfiguración así como llegaron toda la nube de santos de todos los tiempos. Como dirá Jesús cuando todo se haya cumplido, cuando todo el sufrimiento de la pasión se haya bebido, se podrá entrar en la gloria. ¿Pablo no dice a las Iglesias que ha fundado: -Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios…? Y efectivamente, los que han entrado al Reino, las han pasado de verdad. Jesús sube a Jerusalén y a sus puertas, exclama: -Si el grano de trigo no cae en la tierra y no muere, permanece solo: pero si muere, germina y da mucho fruto.

Señor, hoy siento que aquí está todo el misterio de nuestra vida. Aceptar hacer la voluntad tuya aunque no comprendamos el por qué. Creer en Dios, aunque no se vea nada. Obedecer a Dios, hasta cuando se pide el sacrificio último. A Jesús le pidió la propia vida. Se necesita a veces mucha fe para descubrirte en nuestra propia vocación. Por eso, hoy brota de mi corazón decirte con sinceridad: ¿me pides este sacrificio? ¡Pues lo hago con toda el alma aunque me suenen los dientes!… solo así, podré decir: Esa gloria de Jesús en el Tabor también será gloria mía.

Y ahora viene lo más importante.

Y bien amigos, así terminamos la breve reflexión sobre el Evangelio de este Domingo.

Pero ahora viene tu encuentro personal con el Señor Jesús. Toma el evangelio en tus manos, San Marcos Capitulo 2 versículos 2 al 10, y trata de sentir lo que el Señor te quiere comunicar.

Quédate pues ahora a solas con El.

Cecilia de Málaga y Javier San Martín, agradecemos muy sinceramente el haber estado con nosotros.

¡Y nos despedimos hasta el próximo domingo en esta misma emisora.

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