DOMINGO TERCERO DE PASCUA - “C”

San Juan 21, 1 al 19,

18 de abril 2010

 

Estimados amigos:

Bienvenidos a nuestro encuentro dominical. Hoy la Iglesia celebra el TERCER DOMINGO DE PASCUA y nos invita a reflexionar sobre una de las más hermosas escenas de Cristo resucitado. San Juan dice:

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades.
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás el Gemelo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

Con emoción asistimos a este momento tan privilegiado, íntimo y trascendental. Los discípulos habían regresado de nuevo a la tarea cotidiana, la de la pesca. Ya todo tornaba a la calma y los discípulos se sentían de nuevo con ánimo para salir al aire libre y realizar su trabajo cotidiano. Y es allí en donde Jesús los encontrará.

Pedro dijo:
«Voy a pescar».
Y los otros dijeron:
«Vamos contigo».

La ligazón que se había creado entre Jesús y los discípulos no podía desaparecer. A pesar de todos los sinsabores de la pasión, ese lazo que se había creado entre ellos permanecía intacto. No se había roto, ni podía romperse. Pero era necesario reencender esa llama. Sin embargo, Jesús no lo hace convocando a los discípulos a una cita formal, preestablecida de antemano, a la que los discípulos debería presentarse en una hora y en un lugar predeterminados. Al contrario. Jesús, admirablemente, decide ir a donde ellos están realizando su trabajo, y en una hora del día, ó mejor, de la noche, en la que a nadie se le ocurriría realizar una reunión para reestablecer una amistad. Pero para el amor no hay horas ni lugares. El amanecer, después de una noche de trabajo, a las orillas del lago de Tiberíades fue el escenario del reencuentro. El Señor se hace presente de una manera muy sorprendente, exhortando a estos expertos pescadores a que vuelvan a hacer una vez más lo que habían estado haciendo durante toda la noche:

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«Muchachos, les dice, ¿han pescado algo?»,Â
«No, contestaron ellos
Entonces Jesús les dice:
«Echen la red al lado derecho de la barca y encontrarán peces.

Verdaderamente, el momento no puede  ser mejor. Sólo se escucha el batir del agua en la barca y la voz de aquel desconocido en la playa que rompe el silencio. Esa playa, en aquella mañana tempranera, fue testigo de la escena más hermosa del evangelio. Jesús resucitado escogió ese lugar, no para dar lecciones de pesca sino para sellar un pacto de amistad con sus discípulos antes de partir. Le interesaba que quedara bien en claro que su relación con sus discípulos, que era su iglesia naciente, era completamente horizontal, de amor incondicional. No importaba que aquellos discípulos hubieran sido infieles al amor que Jesús les había brindado, no consistía en sacarles ahora en cara las veces que Pedro, su mejor amigo, lo había negado delante de todos. Jesús ya había contaba con ello, como Dios contó también con la frecuente infidelidad de su pueblo escogido en el antiguo Testamento, al que tanto amó. Pero era necesario subrayar y dejar bien en claro que el lazo eterno que uniría por siempre al discípulo con el maestro, aunque Él no estuviera físicamente presente, era el del amor. Y no podía ser de otra manera, ya que el único lazo que puede unir a Cristo es este del amor, con el cual esta también unido a su Padre y al Espíritu Santo. Por eso, en aquella mañana, Jesús, de una manera magistral, sella esta relación de amistad con los discípulos cuando, después de comer un pequeño desayuno, Jesús preguntó a Pedro:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»

¿Qué quería Jesús decir con esto? Ciertamente que lo que importa era la relación de afecto personal, un amor que llevase al discípulo a apacentar las ovejas del Señor y hasta derramar su sangre por Él, pero por amor.

Este es el momento más grande de la naciente Iglesia ya que aquí se establece esta base sencilla y profunda del seguimiento a Jesús: amarlo, y por este amor a Él, hacer todo lo demás, ya sea en el trabajo dando su sudor y esfuerzo, ya sea en el testimonio, dando hasta la última gota de sangre. Si existe este amor, el trabajo es meritorio, pero si no existe, aunque el trabajo sea mucho y el esfuerzo inmenso, delante de Dios, poco valdrá.

Y ahora viene lo más importante

Y BIEN AMIGOS, así terminamos nuestro breve comentario a la liturgia de este domingo,

Pero ahora viene el momento más importante: tu encuentro personal con el Señor Jesús.

Te invito, pues, a tomar el texto del evangelio en tus manos: San Juan, Capítulo 21, versículos del 1 al 19, y trata de escuchar lo que el Señor Jesús te quiere comunicar, a través de él:

Te agradezco muy sinceramente haber estado con nosotros,

Y nos encontramos el próximo domingo en esta misma emisora.

 
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