Es interesante constatar cómo Jesucristo, después de su resurrección, a todo el que encontraba y en todas las visitas que realizaba, brindaba lo que Él consideraba lo más necesario para la vida de los hombres: SU PAZ. A los atemorizados discípulos, que aún permanecían ocultos por miedo a los judíos, se les apareció y les dijo: «¡La paz esté con ustedes! luego, les mostró sus  manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor Jesús y Él les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20, 19, 21,26).  

En otra ocasión, Jesús vuelve nuevamente a presentarse en medio de sus discípulos y les repite otra vez:

«Paz a ustedes. Los discípulos quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu”, pero Jesús les dijo: ¿Por qué se desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? Miren mis manos y mis pies: soy yo. (Lc 24,36).

E incluso a las santas mujeres, Jesús también les salió al encuentro mientras iban de camino y les dijo:

 «Paz a ustedes. Las mujeres se acercaron y se abrazaron a los pies de Jesús y lo adoraron. Y Él les dijo de nuevo: No teman” (Mt 28,9).

Se hace, pues, evidente esta intención manifiesta de Jesús de comunicar su paz después de su resurrección, como un don que Él quería dejar en la tierra antes de partir hacia su Padre. Y ese aroma de paz ha inundado al mundo y la historia, y lo sigue haciendo continuamente, y de manera muy especial en la semana vivencial que celebramos cada año los cristianos, en la que revivimos litúrgicamente su muerte y resurrección.

Testimonio de esto ha sido la hermosa experiencia vivida en la Semana Santa por la Comunidad Hispano Católica de la Iglesia de Santa Margarita en la localidad de Foley, Alabama. Después de los repetidos ensayos para que las ceremonias salieran lo mejor posible, el momento mismo de las celebraciones durante los tres días santos tuvo algo de extraordinario. Cada paso litúrgico, cada lectura, cada acción extraída de la tradición popular, venía cargada de “algo mágico” que penetraba hondamente en el sentimiento de los presentes. No era simplemente un recuerdo de algo que sucedió hace muchos siglos, sino algo que se sentía estaba sucediendo ahora mismo, y que nos permitía aun percibir el respirar, el dolor, la paciencia, el gozo del Maestro sufriente, doliente y gozoso.

Y a igual que en aquel histórico momento, ahora también Jesús resucitado ha querido compartir su paz con todos los que encontraba, y lo ha hecho de una manera admirable. En esta ocasión, su paz no se ha quedado simplemente en un buen deseo, sino que ha tenido consecuencias sensibles en las vidas de muchas personas. Es así cómo muchos hermanos han sentido un urgente deseo de transformar sus vidas, de arreglar lo que no estaba correcto, de enderezar lo que estaba torcido, de compartir con otros lo que sentían. Y estos deseos, ¿no son signos evidentes de la gracia de paz comunicada por Jesucristo en su resurrección?

Pero no solamente la gracia del resucitado se ha manifestado en una dimensión espiritual, sino también en aspectos muy prácticos de la vida. Es así, que más de uno, después de la experiencia vivida en Semana Santa, ha encontrado solución a su problema laboral, encontrando al fin el trabajo que hacía tiempo venía buscando. Cirilo, uno de ellos, comentaba: “Imagínense, han venido a buscarme a mi casa para ofrecerme trabajo”, cosa, por lo general, inaudita en el mundo inmigrante. Y esto él lo atribuye al Señor resucitado.   

Y así, muchas cosas más. Pero me gustaría señalar una última por la ternura que encierra. Siguiendo una tradición popular, el Viernes Santo, después de la muerte del Señor, la imagen de Nuestra Señora es cubierta con un velo negro como signo de luto y dolor, y así permanece hasta el día siguiente, sábado de gloria, día en que un ángel baja del cielo y le quita el velo de luto. En esta ocasión “el ángel” fue Doris Katherine, de siete meses, que esa noche recibía el bautismo, hijita de Constantino y Bella. En el momento indicado después del canto del “gloria” su madre la acercó a la estatua de la Virgen y la pequeña, admirablemente, estiró su manita y le quitó el velo de luto a la Virgen. En más de un rostro una lágrima de emoción corrió por la mejilla. Pero lo más admirable fue lo que más tarde su mamá nos comentó. “Después de esa experiencia, Doris ha empezado a sentarse sola y a querer dar sus primeros pasos.

Hermoso ejemplo que nos hace comprender mejor que nada, en qué consiste el regalo de paz dejado por Jesucristo en la tierra después de su resurrección: UNA GRACIA QUE NOS DISPONE A PONERNOS EN PIE EN LA VIDA PARA CAMINAR EN ELLA RESPONSABLE Y LIBREMENTE.

Con un abrazo muy cordial

Javier San Martín S.J.

jsanmartin@shc.edu

http://faculty.shc.edu/jsanmartin/

2 Respuestas a “Qué nos pasó después de la resurrección”

  1. Christopher J. Viscardi, S.J. dice:

    Very good, y muy bonitos los ejemplos de Foley.
    Christopher J. Viscardi, S.J.
    Spring Hill College
    4000 Dauphin St.
    Mobile, AL 36608
    USA

  2. Guisella dice:

    Linda experiencia que trae un significativo mensaje de esperanza.

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