¡Alégrense siempre en el Señor! Os lo repito: ¡Alégrense!

San Juan 1, 6 - 28

Estimados amigos, Bienvenidos a nuestra cita dominical

Hoy la Iglesia se viste de color morado para celebrar el Tercer Domingo de Adviento del ciclo B.

Pero, ¿por qué están aquí tan alegres?, preguntó un periodista al entrar en el gimnasio donde los muchachos y muchachas de una importante Organización no Gubernamental se preparaban a clausurar con la Eucaristía su Congreso Mundial. Y recibió una respuesta para él inesperada del todo:

- ¿Y cómo no vamos a estar alegres si Jesucristo está en medio de nosotros?

 
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Una respuesta semejante es el mejor comentario al Evangelio de este domingo, en el que la Iglesia, por otra parte, abre la celebración con estas palabras

- ¡Alégrense siempre en el Señor! Os lo repito: ¡Alégrense! Palabras de Pablo que son un eco de las otras de María, también repetidas hoy por todos: -Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Alegría que nos impulsa a hacer lo de Isaías: -Dios me ha mandado a llevar la alegre y buena noticia a los pobres. Estos son los sentimientos con que escuchamos el Evangelio de hoy y son también la fuerza que nos mueve a actuar decididamente por la causa de Jesucristo.

Las autoridades del pueblo judío, preocupadas por el fenómeno que están viendo a las orillas del Jordán, le preguntan a Juan el Bautista:

Pero, ¿quién eres tú? Juan comenzaba a brillar como un astro refulgente. Hacía varios siglos que no aparecía en Israel un profeta, y ahora viene este austero solitario que predica, que bautiza, que exige conversión, que pretende reformar las costumbres, y que, por otra parte, no pide nada, pues vive muy pobremente y come sólo langostas y miel silvestre…

El diálogo se desarrolla vivaz:

- Yo no soy el que ustedes piensan. Uds. se imaginan que yo soy el Cristo que esperan. Y yo no soy el Cristo.

- Entonces, ¿eres tú Elías, el que subió al cielo en carro de fuego y que ha de volver?

- Yo no soy Elías.

- ¿Eres acaso el Profeta, el nuevo Moisés que ha de guiar al pueblo?

- No, tampoco soy el Profeta.

- Entonces, ¿quién eres tú?

Juan hace una confesión tan humilde como sincera:

- Yo soy la voz de uno que grita en el desierto: Preparad los caminos del Señor! Yo bautizo sólo con agua. Pero en medio de ustedes está uno a quien no conocen, uno que viene detrás de mí, y a quien yo no soy digno de desatar ni la correa de sus sandalias…

Ese desconocido por el pueblo es Jesucristo. Igual que por los simpáticos muchachos de la reunión, que creen en la presencia de Jesús en medio de ellos y que se aprestan a llevar la buena noticia a todos.

¡Creer en la presencia de Jesús en medio de nosotros! He aquí el secreto de la vida cristiana. Si no sabemos descubrir a Jesucristo que nos acompaña en todas partes, a nuestro cristianismo y a nuestra vida espiritual entera le falta lo esencial. Nuestra religión se parecería a la de tantos pueblos que creen en un dios, incluso en el Dios único y verdadero, pero creen un Dios lejano, morador de las estrellas, desentendido de nosotros…

Para nosotros, nuestro Dios es un Dios que se ha hecho presente en Jesucristo y al que descubren con facilidad los ojos inocentes y puros. El que tiene fe y conserva limpio el corazón encuentra a Jesucristo en todas partes. El mismo pecador, que en medio de su debilidad es sincero consigo mismo y con Dios, descubre sin velos en su conciencia a Jesucristo, que se le presenta ofreciéndole el perdón y la salvación.

La presencia de Jesús se hace ostensible de modo especial en la Eucaristía. Teniendo bien claras en el Evangelio y en Pablo las palabras del Señor:

- Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre,

El cristiano esta convencido que Dios esta allí: Mis sentidos no ven a Jesucristo, pero lo cree mi fe. Lo veo en el Altar. Lo percibo realmente en la Comunión. Lo adoro escondido en el Sagrario. Como el testarudo Tomás, confieso con fe inconmovible: ¡Señor mío y Dios mío!…

En nuestros días, y como un signo providencial de los tiempos, la presencia de Jesucristo está siendo descubierta por la Iglesia en los pobres, en los enfermos, en los detenidos, en los marginados de la sociedad… A Jesucristo, aunque quiera jugar al escondite, lo hallamos oculto con disimulo en medio de los más necesitados, ya que Él mismo quiso identificarse especialmente con ellos.

¡Señor Jesucristo! Quien no nos conoce puede extrañarse de nuestra alegría. Nosotros, convencidos de tu presencia, vivimos con la alegría más íntima en el alma. Nuestra felicidad estalla en nuestras reuniones, especialmente en la Misa dominical.

La parte más importante

Y bien amigos, así terminamos este breve comentario sobre el evangelio del Domingo. Pero ahora viene lo más importante: tu encuentro personal con el Señor Jesús. Toma, pues, el evangelio en tus manos, San Juan, Capítulo 1, versículos del 6 al 28 y trata de sentir lo que el Señor te quiere decir.

Quédate pues ahora a solas con El y cuenta con nuestras oraciones.

Te agradecemos muy sinceramente el haber estado con nosotros, Recibe nuestra bendición para ti y tu familia.

¡Y te esperamos el próximo domingo!.

Una Respuesta a “Comentario Tercer Domingo Adviento - “B” 03”

  1. Ana María dice:

    Javier: Nuevamente impactada, como la vez anterior en que tus palabras realmente me llegaron muy hondo. Te felicito por el programa, por lo que nos trasmites en él y por la claridad de tus expresiones, y es que lo que dices, lo sientes plenamente y eso hace que a nosotros que te escuchamos nos llegue como la voz del mismo señor Jesucruisto. En este tecer domingo de adviento realmente el señor nos pide que nos alegremos y que lo sintamos dentro de nosoros para poder dar alegría ¡qué lindo¡ … Tu reflexión final a que cada una tenga su propio encuentro y sienta lo que le dice el evangelio es una gran idea, nos acerca más a Dios. Que el Señor te bendiga por llegar de esta manera a tanta gente y, entre ellos, nosotros somos los favorecidos. Te esperamos semana a semana para oir tu palabra. Tu amiga de siempre. Ana María

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