1 de septiembre 2008

Hemos vivido un día salpicado constantemente de alarmas de tornados, inundaciones, huracanes, etc. pero, en general, el monstruo severo que se esperaba, a Dios gracias, no mostró su verdadero rostro. Temprano en la mañana nos llegó una primera buena noticia: el huracán había modificado su curso, perdonando a New Orleans de golpearla, y “aterrizando” más al Noroeste con consecuencias de menos consideración.

Esta modificación, casi de último momento, alegró muchísimo los corazones que veían con no poca desesperación que se iba a volver a repetir la tragedia de hace tres años, cuando el huracán Katrina se ensaño ásperamente en contra de esta peculiar ciudad. Una segunda buena noticia completó la primera y fue la disminución de la fuerza del huracán que pasó de grado tres a grado dos, es decir de “extremadamente peligroso y devastador” a “peligroso, pero en menor grado”.

La mayoría de las noticias que han ido cubriendo durante todo el día este fenómeno meteorológico se han referido, como era de esperar, a su materialidad, es decir, largo y ancho del huracán, velocidad, fuerza, etc.  Sin embargo, ha quedado un poco en segundo plano la dimensión humana. Han ocurrido hechos que no vale la pena pasar desapercibidos. Muchos de ellos protagonizados por personas que se han visto obligadas a abandonar sus casas, que con el paso de los años se fueron convirtiendo en parte de sus vidas y que al separarse de ellas para buscar refugio en lugares más seguros, sin saber qué sucedería durante su ausencia, sentían como si se arrancasen de algo vital.

En los diversos refugios se compartió de manera espontánea jalones de la vida personal. Y esto ha sido tal vez lo más maravilloso en medio del marco de tragedia creado por el huracán. Los muros que dividen la sociedad en esta parte de los Estados Unidos, en circunstancias normales, como son las diferencias raciales, religiosas, políticas, de edad, etc., dieron paso a actitudes de solidaridad, unión, compañía, verdaderamente ejemplares. El refrán dice que la mejor manera de unificar un grupo heterogéneo es que tenga un enemigo común. Creo que el refrán se ha mostrado verdadero en este caso.

A través de los negros nubarrones, se han podido vislumbrar, pues, algunos rayos de luz que han iluminado todo el panorama del huracán. Rayos de entrega, sacrificio, generosidad, y especialmente de preparación extraordinaria que ha permitido hacer frente a esta tragedia de grandes dimensiones, con esperanza.

¿Y todo esto, a qué se puede atribuir? En mi primer informe mencioné que habíamos encomendado de manera muy especial esta angustiosa situación a Santa Rosa de Lima, y estábamos confiados que ella no nos podía defraudar. Y ciertamente que no nos ha defraudado. Ella ha intervenido de manera admirable…

Son las 8 de la noche de este día de llegada del huracán Gustav a Estados Unidos. Aún nos siguen llegando alarmas de tornados, inundaciones, lluvias tropicales, etc., en diversos lugares, pero la angustia que ha dominado durante estos días a esta parte sur de los Estados Unidos, ya se va poco a poco despejando y la vida normal se va volviendo a dibujar. Esperamos que entre mañana 2 y pasado 3 de septiembre muchas de las cosas vuelvan a su cuotidiano ritmo.

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